Desperté
sin aliento, otra vez, en un jardín en penumbra, custodiado por estatuas
truncas de viejos dioses, con un silencio emperrado en reptar por mis
costillas. Desperté de golpe, como si me arrancarán la piel, desnudo de
repente, de repente sin manos, sin pudor, con los ojos doblemente desamparados.
El
jardín padecía una luz marchita que se arrastraba a golpe de muletas, estaba
tapizado de hojas muertas por un otoño desconocido y un par de esperanzas
famélicas daban de comer a palomas inexistentes... en tanto yo echaba raíces
junto a una fuente hueca, mirando a las nubes girar como serpientes sedientas,
a las esperanzas ajarse en su banca hasta volverse ceniza, a la ceniza volverse
niños y a los niños correr por la vereda buscando al mar. Vi tigres metafóricos
esconderse tras los arbustos, nigromantes vendiendo estrellas usadas, barcos
sucios de sangre navegando su retorno, mientras yo, emponzoñado, pétreo,
catedralicio, esperaba.
Te esperé hasta que no quedaron fuentes ni nigromantes,
hasta que la opacidad se hizo clandestina y el robledal se incendió en su
propia ruina. No importaba nada: sabía que llegarías antes de que la oscuridad
se tragare mi metro cuadrado de pavimento. Sabía que estabas ahí, en cualquier
parte, pensando en mí. Por eso nada importaba. Pero la penumbra final llegó y
se engulló hasta tu nombre empozado en la garganta...
Nada importa: tras el inevitable remolino de extinción
volveré a despertar sin aliento, otra vez, en un jardín en penumbra...
Héctor Alarcón, enero 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario